
Rafael Alonso Mayo
Publicado en el diario El Colombiano de Medellín el 16 de marzo de 2008
En Pisco todo parece una ironía. En la calle El Progreso ninguna casa quedó en pie, sólo se sostiene el frente de lo que antes era una moderna universidad. La ciudad que goza de una amplia religiosidad no tiene iglesia y la Plaza de Armas, donde ahora ríe un grupo niños, se convirtió el día posterior al terremoto en una morgue improvisada.
En los rostros de muchos habitantes se refleja la nostalgia de quien lo ha perdido casi todo y tiene que seguir luchando por sobrevivir.
“Por más que intentes olvidar Pisco te hace recordar, por donde caminas recuerdas”, comenta Roberto Reyes, un taxista que vio como la ciudad se destruía mientras intentaba poner a salvo a su familia. Aunque uno de sus hermanos murió al desplomarse la Iglesia San Clemente.
Recuerdos de una tragedia
Es sábado en la tarde y Pisco recibe los últimos rayos del sol veraniego. El bus que va de Lima con destino a Ica, otra de las ciudades afectadas por el sismo del 15 de agosto de 2007, se detiene a un costado de la carretera Panamericana, a unos cinco kilómetros de la ciudad. Pobladores y turistas reciben el saludo de los “vientos paracas”, polvo desértico de la zona, mientras se alistan para arribar a la ciudad, o a lo que quedó de ella.
Desde ese momento Pisco se convierte en la historia que narra Luis Carra, el taxista que me transporta hacia ella: “Esta vía por la que ahora pasamos era intransitable, la gente corría sólo para salvarse de lo que seguía después del terremoto, el tsunami. Mire, allí quedaron los escombros. Mire, la ciudad quedó destruida”. Luis es un hombre de piel trigueña quemada por el calor húmedo del puerto pesquero. Conduce un pequeño Tico de color negro y cuenta con melancolía que perdió a su comadre y a varios de sus amigos.
La plaza de los recuerdos
La Plaza de Armas es ahora un sitio plácido donde reposan sentados en una banca un par de señores que ven llegar con calma la frescura de la noche y a unos cuantos turistas que vienen a ver los efectos del terremoto que sacudió la vida de los cerca de 120 mil pobladores de Pisco. Nada que ver con aquellas imágenes que descargaban como munición los diarios sensacionalistas de Lima después de la tragedia.
En uno de los muros que aún quedan en pie de la que antes fuera la Iglesia San Clemente, aparece escrito un mensaje que cuenta lo que allí ocurrió después de que la estructura colapsara: “Gracias al apoyo y colaboración de los bomberos y la ayuda internacional, COLP y CDB retiró 18 mil metros cúbicos de escombros y se recuperaron los cuerpos de las víctimas (148). Dos personas fueron rescatadas con vida…”
A un lado de ella varios niños hacen ronda y juegan con tres integrantes de Payasos sin Fronteras, una ong española que brinda alegría en zonas de catástrofe como esta. La iglesia es el símbolo trágico del terremoto, dicen sus pobladores.
La ayuda no llega
la ciudad que lleva el nombre del licor más emblemático del Perú, el terremoto de 7.9 grados en la escala de Richter acabó con la vida de 355 personas, destruyó más de ocho mil casas y afectó otras 30 mil, según el censo que elaboró dos semanas después el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI).
Las ciudades de Cañete, Ica y Chincha también sumaron más destrucción e hicieron que la cifra de muertos aumentará a 519, y que toda la zona del sur cercano a la capital parezca hoy un lugar bombardeado por tropas enemigas.
Pero las cifras parecen valer poco entre los pobladores de Pisco, no quedaron en el recuerdo como sí ocurrió con las fallas en la atención oportuna de la tragedia y en la canalización de las ayudas que llegaron desde el exterior.“Muchas vidas se hubieran salvado si el presidente de la Defensa Civil se hubiese encontrado acá en la Provincia. Ahora lo más lamentable es que hasta el momento el alcalde no tenga la capacidad y el corazón de darle una buena distribución a las ayudas”, argumenta León Ángel Iza, un dirigente social que impulsa la revocatoria del alcalde municipal Juan Mendoza Uribe.
“Tanto es así que muchas donaciones tuvieron que botarse al mar por su mal estado, tuvieron que enterrarse, eso es evidente, y fue por falta de organización”, complementa Rubén Pumalaya, un microempresario de la zona. Para desarrollar la iniciativa de revocatoria los líderes comunitarios han improvisado un toldo en una esquina de la plaza y argumentan que han recogido cerca de 12 mil firmas de las 20 mil necesarias.
Olvidados
A un lado de la Avenida las Américas, la vía que conecta a Pisco con la zona de Paracas, José Mendoza, un sobreviviente del terremoto, se lamenta mientras limpia con su mano el sudor provocado por los casi 42 grados que al medio día del domingo se sienten dentro de su tienda de campaña, donde vive con su esposa y sus tres pequeños hijos.
“Pisco sigue igual, en nada ha cambiado, está igualito, estamos viviendo en carpas, toda la ayuda que ha venido del extranjero no la ha donado el Gobierno, son promesas y promesas y nunca cumple”. En el albergue Pilar, que está ubicado en terrenos que antes eran ocupados por el basurero municipal, hay ubicadas 30 personas, según explica una de sus líderes. Muchos son inquilinos que al momento del terremoto no tenían casa propia y ahora no tienen a dónde ir
“El gobierno regional no se acuerda de Pisco, el Presidente de la República tampoco, estamos olvidados completamente. Ya pasamos a la historia”, denuncia la vocera de las familias.
Sin embargo, en la calle más próxima a la playa se empiezan a observar unas pequeñas casas de madera y cemento que el Ministerio de Vivienda empezó a construir. Son unas 500, contabiliza Ángel Iza.
Los habitantes de Pisco también se quejan de que las ayudas económicas que prometió el Gobierno Central para cada una de las familias damnificadas, de seis mil soles (unos dos mil dólares), no han comenzado a ser entregadas y “eso no es suficiente para construir una casa”.
“Pasarán muchísimos años antes de que Pisco vuelva a ser lo que alguna vez fue”, dice Carmen Quispe, una mujer que perdió a sus padres a la vuelta de su casa. Su madre cargaba a su pequeño nieto de tres años que resultó ileso.
Eso mismo piensa Juan Fernando Espinoza, un hombre de 76 años, ex boxeador, piel morena y contextura delgada, quien cruza por la esquina donde antes quedaba el Hotel Pisco: “la gente de Pijco está enferma, todo Pijco está enfermo, todo está mal. Sí va a volver a ser como antes pero por ahí en unos cinco o seis años. Pueda ser, porque hasta ahora ha pasado medio año y nada ha pasado”.