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Quiero compartir con ustedes este breve texto que habla sobre mi experiencia de trabajo de campo con comunidades mineras de la sierra norte peruana. Espero algún día compartir personalmente las memorias de mi paso por este lugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                    Líder comunitario de uno de los poblados que visité

Durante dos meses estuve realizando trabajo de campo intensivo al interior de una empresa minera y en sus comunidades de influencia, ubicadas en una apartada provincia de la sierra norte del Perú.

El interés de la investigación era entender las percepciones que tenían sobre la empresa los empleados y las personas de las comunidades, resultados que tendrían como objetivo desarrollar un plan estratégico de comunicaciones que respondiera a las necesidades de comunicación propias de la empresa y de todos sus grupos de interés.

Mi primer paso fue realizar un análisis de toda la información de la empresa, lo cual me permitió entender su contexto y su funcionamiento, un universo complejo por la diversidad de sus procesos. También logré conseguir alguna información básica sobre las comunidades y conocer de manera general su realidad. Luego empecé a hacer parte de las rutinas cotidianas de los empleados y de las comunidades: conocí sus horarios de trabajo, sus horas de descanso, las actividades que desarrollaban en su tiempo libre, y la manera cómo se relacionaban con sus compañeros, amigos y  jefes.

En pocas palabras, entendí cómo vivían al interior de la mina, así como las costumbres que iban desarrollando una vez que empezaban a hacer parte de la empresa. Un proceso similar -pero menos intenso debido al escaso tiempo del trabajo de campo- desarrollé al interior de las comunidades.

No puedo decir que en un mes conocí toda la compleja realidad que ello encierra, pero este primer acercamiento me permitió hacer parte de su mundo y, poco a poco, ir conociendo sus intereses y necesidades, así como ubicar a los informantes claves para realizar con ellos una serie de entrevistas personales y varios grupos focales.

Posteriormente, entendiendo un poco el lenguaje y la realidad de los empleados y las comunidades, realicé varias entrevistas semiestructuradas con los informantes seleccionados, lo que me permitió tener acceso a información cualitativa de primera mano y conocer la percepción real que tenían los empleados y las comunidades sobre la empresa minera.

Pese al desconocimiento que algunos altos funcionarios de la empresa tenían acerca de este trabajo, al final se comprobó la efectividad de sus resultados, los cuales resultaron ser muy similares a los obtenidos en el clima organizacional desarrollado por una firma consultora, a partir entrevistas cerradas con todos los trabajadores.

Y, lógicamente, los datos más reveladores y a la vez menos cargados de  formalismos y respuestas generales, fueron los de nuestra investigación, situación que por cuestiones éticas expusimos ante los altos funcionarios de la empresa antes de poner en marcha el plan de comunicaciones y otras estrategias para mejorar la percepción de la empresa y la situación de las comunidades aledañas.

Que viva la V Cumbre de América Latína, El Caribe y la Unión Europea (AlC- UE, que no se cómo se pronuncia) que se realiza hoy y mañana en Lima, porque gracias a ella estos días nos son laborables y las calles están más tranquilas y descongestionadas. Es una buena idea. No estaría mal que de vez en cuando haya en esta ciudad una que otra cumbre, haber si las calles son más transitables.

Claro, mientras el resto de los limeños descansa, yo hago parte de otro grupo que debe trabajar como cualquer día. Pero como dicen que uno tiene que ser muy optimista pues me alegro mucho que tenga a mi completa disponibilidad la Avenida Angamos para recorrerla en bus, así sea a 25 kilómetros por hora. ¡Celebremos por estos días!, y esperemos que los altos funcionarios de la Cumbre vengan por aquí más seguidito.

Por Rafael Alonso Mayo       

 

Las comunidades andinas se precian de conservar muchas de las tradiciones y creencias ancestrales que han adquirido a través de un largo proceso generacional. Son el foco de la riqueza cultural más importante de los países atravesados por esta cadena de montañas que nos identifica en el mundo.

Pero también son el foco del atraso y del abandono que durante varios decenios le han concedido muchos gobiernos nacionales que, a pesar de conocer su amplia riqueza natural y cultural, la han subestimado y la han dejado en el último foco de sus políticas estatales.

Como consecuencia, hoy encontramos un generalizado atraso, una extendida pobreza y un prolongado abandono en amplias zonas de la región andina, antes pobladas por comunidades que impulsaron grandes avances. Pocas vías de comunicación, una educación insuficiente a nivel de cobertura y deficiente en su formación, y como consecuencia de ello, un abismal atraso, ha aumentado la brecha entre los pobladores de zonas andinas y otras zonas más prósperas.

Sin embargo, poco a poco empiezan a surgir organizaciones públicas y privadas que ven la necesidad de trabajar en estas zonas y brindarles a estos pobladores nuevas oportunidades que antes parecían inexistentes. Campañas de capacitación en proyectos agropecuarios, que generen una buena rentabilidad sin acabar con los recursos naturales, o el aporte para que nuevas generaciones reciban una buena educación y puedan desarrollar en el futuro proyectos que beneficien a sus comunidades, son, entre otras, las iniciativas que comienzan a mostrarnos el amplio potencial humano y productivo que existe en las zonas andinas.

Sin duda, otro de los factores que incidirá en una mejor calidad de vida para muchas de estas comunidades es su conciencia abierta en torno a la importancia de desarrollar una buena comunicación con sus comunidades y con los agentes externos, conociendo la necesidad de gestionar sus propios proyectos productivos y de establecer vínculos más armónicos con otros grupos sociales.

No se trata de desarrollar ampliamente la infraestructura en medios de comunicación, sino de fortalecer los existentes y propiciar los medios para que las mismas comunidades vayan fortaleciendo su capacidad de gestión y producción, y mejoren su nivel de vida.

Una situación a revisar en este tema, que demuestra el uso inapropiado de estos medios, se da en el Distrito de Pataz, en la región peruana de La Libertad. Allí las comunidades viven en extrema pobreza, a pesar de ser una de las zonas auríferas más importantes del país. Y sin embargo tienen acceso a una moderada red de internet y a un sistema casi ilimitado de canales de televisión, gracias a la llegada de DirecTV. ¿Será este el verdadero desarrollo que necesitan estas comunidades?

A pesar de ello, las comunidades andinas poco a poco van tomando conciencia en torno a la importancia de abrirse al mundo y ofrecer todo su potencial productivo, de aprovechar las posibilidades que varias organizaciones les ofrecen, y de hacer conscientes que en pleno siglo XXI es necesario estar abiertos al mundo, traer nuevos conocimientos, pero sobre todo, dar un amplio valor al suyo.

El camino es lento y las exigencias son grandes, pero el potencial  y la riqueza está, y cada vez es más fuerte el conocimiento de estas comunidades por abrirse paso en un mundo cada vez más globalizado, impulsando el desarrollo de sus comunidades y promoviendo el bienestar de las generaciones futuras.

No hay duda, es un camino largo, lleno de retos, pero también de buenas expectativas.

El pasado domingo 4 de mayo el diario El Colombiano, de Medellín, publicó un especial sobre la situación de los adultos mayores en Colombia y en el mundo. En ella refleja la difícil situación que los ancianos enfrentan en una sociedad que poco a poco se olvida de ellos. Los invito a ver parte del especial y a conocer el panorama de los adultos mayores en el Perú.

http://www.elcolombiano.com/proyectos/adultosmayores/index.html

Comparto con ustedes este breve extracto de un texto escrito por Jairo Osorio Gómez, editor de la revista “Desde la Biblioteca”, del Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín. Todos los que se apasionen por los viajes lo sentirán como suyo.

“Viajar es un arte, y un buen viajero es un artista. Se viaja en búsqueda de… Ésta es la condición que hace del peregrino un hombre de sensibilidades, apto para convertir una actividad cotidiana en una manifestación suprema.

Aquél que viaja hace de alguna manera un viaje interior. Alguien dijo que el viaje es el arte del reencuentro. Creo que fue un señor llamado Fernando Sánchez; además reiteró: Quien de verdad viaja ni vuelve a ser el mismo ni echa ya nunca, pie a tierra. Es un poco lo que Lin Yutang enseñaba: que el viajero perfecto es el que no sabe a dónde va, y tampoco sabe de dónde viene.

Hombre que no sea capaz de sorprenderse no debe viajar. El mundo está lleno de muertos y, hasta donde yo sé, todos son sedentarios e imperturbables. El gran viajero observa y comparte hondo, a veces, llora de emoción; se conmueve hasta el temblor. El buen viajero también es un viajero gastrónomo: degusta a dónde llega; come, huele, bebe. Ya que para viajar se necesita poco: sólo una actitud ancha para todas las sorpresas que le deparará el camino”.

Si algún viajero leyera este blog cualquier día y me preguntara cualquier día las razones que hay para conocer el Perú, yo le daría todas las que sean suficientes para convencerlo de que este país tiene unas características que lo hacen único y que guarda una magia poco usual. Pero hay una que en este momento atrae mi atención.

Hablar de Machu Pichu es ya casi un lugar común; Cusco es la mejor muestra de nuestro mestizaje latinomericano; el Lago Titicaca es más que un mar que se asienta a cuatro mil metros de altura sobre el mar, y las playas de Cabo Blanco, un sitio para dejarse llevar por la historia poco conocida de Hemingway y su paso por estas tierras: ¡Sí, Hemingway estuvo por aquí! Sobre las Líneas de Nazca, le diría que parecen hechas por dioses y que producen en los visitantes la sensación de que en realidad sí fueron hechas por seres de otros planetas; el desierto no puede ser más imponente para alguien que ha vivido a los pies de la montaña durante toda su vida, y los pueblos de provincia son coloridos caseríos habitados por hombres humildes que reciben al extranjero con un amable saludo.

Pero si hay algo por lo que el turista se sentirá doblemente atraído, será por la gastronomía exquisita que se enorgullecen de tener los peruanos. Porque, la verdad, pocas cosas se comparan con un lomo saltado, un tacu tacu, una papa a la huancaína, un ceviche, o un seco de res, entre muchísimos otros platos. La diversidad de comidas, el amor y el orgullo que el peruano le imprime a cada uno de ellos, así como la manera en que los disfruta: como un ritual sagrado que debe cumplirse cada día con el más fiel fervor, dejan asombrado a cualquier foráneo, incluyéndome.

Son miles los turistas que llegan cada año a este país porque han escuchado hablar del boom gastronómico del Perú, porque han leído en el “todopoderoso” Google que aquí existe un restaurante que le puede ofrecer a sus comensales más de 150 platos diferentes; porque desde la señora más humilde del mercado más humilde, hasta el más reconocido de los chefs de un restaurante de alta cocina, le pueden sorprender con el mejor sabor.

Porque los peruanos aman su cocina. Porque conocen todo su potencial y porque la quieren posicionar en todas las ciudades del mundo. Por eso amigo visitante, no se extrañe cuando en su país escuche hablar de este país, y no precisamente por su Machu Picchu.

Pero antes de que eso suceda, usted podrá tener el tiempo suficiente para pasearse por aquí y darse cuenta que no me he gastado este espacio para halagar un mito o una creencia imaginaria. Lo que aquí aseguro, usted mismo lo verá en las calles y en los miles de restaurantes de Lima, así como en las demás ciudades del interior. Y entonces se dará cuenta que no le estoy contando ni lo mínimo de lo que en realidad sucede. Y lo más probable es que olvide que algún día leyó esto.

Mientras tanto, debo dejarlos. Con permiso, debo ir a cenar con mis amigos peruanos.

PD: Hace algunos días entrevisté a Gastón Acurio, el chef más prestigioso de este país. Dentro de pocos días podrán leer en varios medios de Colombia la entrevista completa.

Los titulares de la prensa limeña un día después del terremoto del 15 de agosto del 2007
 

Debo decir que soy un ferviente seguidor tanto de periódicos como de revistas, y a donde viajo siempre trato de buscar algún diario porque sé que son un buen termómetro para medir lo que pasa en las ciudades. Bueno, a veces no el mejor, como sí son los taxistas, los vendedores ambulantes o aquel que habita en la calle durante más de diez horas al día. Pero me divierto con ellos porque me muestran el palpitante mundo que se mueve en aquellos lugares.

Sin embargo, voy a admitir y reconocer que desde que llegué a esta ciudad de casi nueve millones de habitantes, llamada Lima, hay un diario que a veces compro por necesidad y que odio por la falta de compromiso con el buen periodismo, ese periodismo bien narrado, bien contado y con algo de estilo. Ese periodismo que te muestra historias, personajes y hace que te quedes pegado de los periódicos por horas.

Ese diario se llama El Comercio y es el más “prestigioso” de este país tanto por su amplia trayectoria (fue fundado en 1839), como por su legado cultural. Por allí han pasado los escritores y periodistas más importantes del Perú y de Latinoamérica. Su cubrimiento noticioso es amplio y sus posturas son muy acertadas cuando se trata de defender los intereses de muchos peruanos y poner en el debate temas coyunturales. Pero hay otras cosas que no me llaman la atención.

Debo aclarar también que no hago esta crítica porque allí no me hubieran dado trabajo ni de mensajero, o por cualquier otro resentimiento que el lector pudiera imaginar.

Lo hago porque muchas de sus páginas son bloques intensos de densas noticias y pseudocrónicas que más que llamar la atención de los lectores, se desvían entre eternos párrafos y confusas ideas de escritor principiante. Porque sus temas, más que interesar, aburren y más que atraer alejan a quienes buscamos temas atractivos.

Lo digo porque un diario debe emocionar, debe interesar, debe crear curiosidad por lo que pasa, por las noticias, por los personajes y sus buenas historias, por lo temas… Pero me sucede que cuando leo El Comercio el mundo me parece pesado, soso, sin gracia, y las noticias simples hechos que despiertan poco interés y son narrados con descuido. Cuando termino de leerlo no quisiera saber que existen los periódicos.

Pero más allá del desgano que me producen las páginas y el estilo de este periódico, que no tiene competencia en el país porque es el único que tiene amplia cobertura de temas y trata desde un punto de vista ético, y a veces sin pretensiones los temas más coyunturales del Perú y del mundo, en los últimos días me ha inspirado una reflexión: este diario va dirigido a las clases más pudientes de una minoritaria sociedad limeña letrada y con ínfulas academicistas que no pierde su tiempo leyendo los diarios “chichas” o populares que se producen para el grueso de la población.

Es decir, este diario, como los demás, refleja la marcada división social y la diferencia de clases que existe en el Perú, y más allá de reflejarla y “representar” sus intereses, parece que tratara de ampliar las diferencias entre los educados y los no educados.

Me explico: el diario que menciono está dirigido a una clase de lectores “cultos” y bien educados de las clases A y B, mientras que los demás periódicos (la gran mayoría) están diseñados para un amplio número de lectores, pero no por ello dejan de ser amarillistas y sensacionalistas. Conclusión: el primero sigue alimentando las necesidades informativas de esa clase limeña “pudiente” y los segundos muestran, con espectáculo y sorpresa, el valor de las noticias a una masa de público que parece dejarse llevar por los grandes titulares y la sangre.

Los mismos lectores del diario lo confirman:

A veces leo el cuerpo A, pero debo decir que no me gusta: el lenguaje es muy denso y las notas son interminables. Yo sugeriría que reduzcan el tamaño de las notas, que agilicen el lenguaje y el estilo”. Dice Bettsy Grande Chan, de 25 años (El Comercio 27/04/08).

Debo decir que El Comercio es bueno en cuanto a contenido, pero no en forma. Para cualquier acontecimiento importante siempre recurro a él. Sin embargo, leer un artículo completo requiere de mucha fuerza de voluntad. Uno sabe que le sirve, pero eso no quiere decir que lo disfrute”. Dice Aquiles Sumari Castro, de 23 años (El Comercio 27/04/08).

“… De otro lado, por más que lo intente, no puedo leer Economía & Negocios, ni Día _1, ni Mi Negocio. Excepto Empleos, todos los espacios que genera la redacción de economía del Diario me parecen aburridos”. Dice Pablo Fernando Flores Barrios, de 25 años (El Comercio 30/03/08).

Finalmente debo decir que el diario El Comercio me parece un viejo grande, panzudo y sin gracia, un viejo con unos buenos años encima que intenta llamar la atención, ser agradable e interesante, pero que se vuelve pesado y aburrido.

Pero debo decir que también existen en este país buenos proyectos que merecen ser valorados y que me devuelven la fe en el buen periodismo (tampoco lo hago para que me den trabajo). Eso se lo debo a la revista Etiqueta Negra, que circula  cada mes y trae consigo las mejores crónicas y reportajes que uno pueda leer en una publicación. Ella me recuerda que existe un oasis en medio del desierto en que habita el buen periodismo.

Rafael Alonso Mayo

Lima

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A simple vista, Lima es una ciudad congestionada y caótica, con un sistema de transporte estancado en el tiempo por lo antiguo de sus buses y combis. La ciudad se ubica en la costa central del Perú, en medio del desierto que caracteriza toda la franja costera.

Más de ocho millones de habitantes viven en la gran capital suramericana que durante la época colonial fue el centro del imperio español. Otros apenas sobreviven y malviven en los cerros poblados recientemente por migrantes del interior, atraídos por la ilusión de la modernidad y el progreso; o quizá por la guerra que durante casi 20 años padeció el país.

Es como si en una inmensa metrópoli existiera no una sino muchas ciudades, como si unos jugaran a ser los otros y los otros a ser como estadounidenses. Es difícil entender en poco tiempo una ciudad que guarda una historia de más de 500 años, una ciudad que aún sigue marcada con los rezagos coloniales por aquello de las divisiones sociales y las discriminaciones raciales. Por el poder de unos cuantos y la miseria infinita de otros.

En esta ciudad no solo palpo la historia de este país, sino la historia de casi todas las ciudades latinoamericanas, producto de las migraciones masivas y del crecimiento desbordado con el único orden que los cerros y las montañas exigen.

 

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Rafael Alonso Mayo

Publicado en el diario El Colombiano de Medellín el 16 de marzo de 2008

En Pisco todo parece una ironía. En la calle El Progreso ninguna casa quedó en pie, sólo se sostiene el frente de lo que antes era una moderna universidad. La ciudad que goza de una amplia religiosidad no tiene iglesia y la Plaza de Armas, donde ahora ríe un grupo niños, se convirtió el día posterior al terremoto en una morgue improvisada. 

En los rostros de muchos habitantes se refleja la nostalgia de quien lo ha perdido casi todo y tiene que seguir luchando por sobrevivir.

“Por más que intentes olvidar Pisco te hace recordar, por donde caminas recuerdas”, comenta Roberto Reyes, un taxista que vio como la ciudad se destruía mientras intentaba poner a salvo a su familia. Aunque uno de sus hermanos murió al desplomarse la Iglesia San Clemente.

Recuerdos de una tragedia

Es sábado en la tarde y Pisco recibe los últimos rayos del sol veraniego. El bus que va de Lima con destino a Ica, otra de las ciudades afectadas por el sismo del 15 de agosto de 2007, se detiene a un costado de la carretera Panamericana, a unos cinco kilómetros de la ciudad. Pobladores y turistas reciben el saludo de los “vientos paracas”, polvo desértico de la zona, mientras se alistan para arribar a la ciudad, o a lo que quedó de ella.

Desde ese momento Pisco se convierte en la historia que narra Luis Carra, el taxista que me transporta hacia ella: “Esta vía por la que ahora pasamos era intransitable, la gente corría sólo para salvarse de lo que seguía después del terremoto, el tsunami. Mire, allí quedaron los escombros. Mire, la ciudad quedó destruida”. Luis es un hombre de piel trigueña quemada por el calor húmedo del puerto pesquero. Conduce un pequeño Tico de color negro y cuenta con melancolía que perdió a su comadre y a varios de sus amigos.

La plaza de los recuerdos

La Plaza de Armas es ahora un sitio plácido donde reposan sentados en una banca un par de señores que ven llegar con calma la frescura de la noche y a unos cuantos turistas que vienen a ver los efectos del terremoto que sacudió la vida de los cerca de 120 mil pobladores de Pisco. Nada que ver con aquellas imágenes que descargaban como munición los diarios sensacionalistas de Lima después de la tragedia.

En uno de los muros que aún quedan en pie de la que antes fuera la Iglesia San Clemente, aparece escrito un mensaje que cuenta lo que allí ocurrió después de que la estructura colapsara: “Gracias al apoyo y colaboración de los bomberos y la ayuda internacional, COLP y CDB retiró 18 mil metros cúbicos de escombros y se recuperaron los cuerpos de las víctimas (148). Dos personas fueron rescatadas con vida…”

A un lado de ella varios niños hacen ronda y juegan con tres integrantes de Payasos sin Fronteras, una ong española que brinda alegría en zonas de catástrofe como esta. La iglesia es el símbolo trágico del terremoto, dicen sus pobladores.

La ayuda no llega

la ciudad que lleva el nombre del licor más emblemático del Perú, el terremoto de 7.9 grados en la escala de Richter acabó con la vida de 355 personas, destruyó más de ocho mil casas y afectó otras 30 mil, según el censo que elaboró dos semanas después el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI).

Las ciudades de Cañete, Ica y Chincha también sumaron más destrucción e hicieron que la cifra de muertos aumentará a 519, y que toda la zona del sur cercano a la capital parezca hoy un lugar bombardeado por tropas enemigas.

Pero las cifras parecen valer poco entre los pobladores de Pisco, no quedaron en el recuerdo como sí ocurrió con las fallas en la atención oportuna de la tragedia y en la canalización de las ayudas que llegaron desde el exterior.“Muchas vidas se hubieran salvado si el presidente de la Defensa Civil se hubiese encontrado acá en la Provincia. Ahora lo más lamentable es que hasta el momento el alcalde no tenga la capacidad y el corazón de darle una buena distribución a las ayudas”, argumenta León Ángel Iza, un dirigente social que impulsa la revocatoria del alcalde municipal Juan Mendoza Uribe.

“Tanto es así que muchas donaciones tuvieron que botarse al mar por su mal estado, tuvieron que enterrarse, eso es evidente, y fue por falta de organización”, complementa Rubén Pumalaya, un microempresario de la zona. Para desarrollar la iniciativa de revocatoria los líderes comunitarios han improvisado un toldo en una esquina de la plaza y argumentan que han recogido cerca de 12 mil firmas de las 20 mil necesarias. 

Olvidados

A un lado de la Avenida las Américas, la vía que conecta a Pisco con la zona de Paracas, José Mendoza, un sobreviviente del terremoto, se lamenta mientras limpia con su mano el sudor provocado por los casi 42 grados que al medio día del domingo se sienten dentro de su tienda de campaña, donde vive con su esposa y sus tres pequeños hijos.

“Pisco sigue igual, en nada ha cambiado, está igualito, estamos viviendo en carpas, toda la ayuda que ha venido del extranjero no la ha donado el Gobierno, son promesas y promesas y nunca cumple”. En el albergue Pilar, que está ubicado en terrenos que antes eran ocupados por el basurero municipal, hay ubicadas 30 personas, según explica una de sus líderes. Muchos son inquilinos que al momento del terremoto no tenían casa propia y ahora no tienen a dónde ir

“El gobierno regional no se acuerda de Pisco, el Presidente de la República tampoco, estamos olvidados completamente. Ya pasamos a la historia”, denuncia la vocera de las familias.

Sin embargo, en la calle más próxima a la playa se empiezan a observar unas pequeñas casas de madera y cemento que el Ministerio de Vivienda empezó a construir. Son unas 500, contabiliza Ángel Iza.

Los habitantes de Pisco también se quejan de que las ayudas económicas que prometió el Gobierno Central para cada una de las familias damnificadas, de seis mil soles (unos dos mil dólares), no han comenzado a ser entregadas y “eso no es suficiente para construir una casa”.

“Pasarán muchísimos años antes de que Pisco vuelva a ser lo que alguna vez fue”, dice Carmen Quispe, una mujer que perdió a sus padres a la vuelta de su casa. Su madre cargaba a su pequeño nieto de tres años que resultó ileso.

Eso mismo piensa Juan Fernando Espinoza, un hombre de 76 años, ex boxeador, piel morena y contextura delgada, quien cruza por la esquina donde antes quedaba el Hotel Pisco: “la gente de Pijco está enferma, todo Pijco está enfermo, todo está mal. Sí va a volver a ser como antes pero por ahí en unos cinco o seis años. Pueda ser, porque hasta ahora ha pasado medio año y nada ha pasado”.

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En el inmenso mapa del Perú, Barranco se deja ver como un pequeño punto ubicado en el centro de Lima. Ahora sé que es uno de los 43 distritos que tiene la capital de este país y que además guarda una larga historia.  

Había escuchado hablar de él hace algunos meses, cuando comencé a indagar por los principales destinos turísticos en este país. Entonces, en las guías de turismo que un amigo me regaló, encontré un lugar pintoresco, de antiguas casas, bares y restaurantes abiertos las 24 horas del día, el lugar de turistas bohemios y estudiantes emparrandados.

 Barranco tiene una población cercana a las 46 mil personas (es el distrito más pequeño de Lima), que inicialmente fue fundado por pescadores y que fue reconocido como distrito en octubre de 1874, a orillas del Pacífico. 

Se me ocurrió ir a conocerlo una noche cualquiera de agosto, cuando la temperatura no supera los 14 grados y la humedad alcanza casi el 90 por ciento. Tomo un bus que me lleva directo desde el distrito de Magdalena hasta Miraflores (una especie de barrio Poblado, en Medellín, pero a orillas del mar), y de ahí directo al lugar preferido por el cantautor español Joaquín Sabina, en sus visitas esporádicas a este país.  

Son como las siete y treinta de la noche y el vapor frío se hace más intenso. Camino por entre sus calles antiguas repletas de autos modernos y viejitas eternas, muchachos en patineta y algunas niñas con uniforme escolar. La noche es como cualquier otra y la vida fluye con tranquilidad mientras me dejo encantar por el entorno lúgubre del lugar: lámparas que desprenden una luz amarillenta, una antigua casa que más parece un castillo y el cielo opaco digno de una película de terror.

Cuando su historia comenzaba, Barranco era un atractivo balneario para los veraneantes limeños de clase media y para extranjeros, aunque su historia también recuerda que a finales del siglo XIX, cuando Perú y Chile entraron en guerra, el distrito fue saqueado e incendiado por las tropas chilenas. Y para completar la moñona, un terremoto de ocho grados destruyó en 1940 parte de su patrimonio. El primer carro de bomberos que llegó a Lima, en 1907, de llantas metálicas y con techo de cuero, se exhibe en la sede de estos hombres voluntarios, como testigo de la historia que por allí ha transitado.  

Supe además que fue el lugar de residencia del escritor Mario Vargas Llosa, del poeta José María Euguren y de muchos otros académicos y hombres de letras. Ahora los visitantes de este distrito son los eternos caminantes de sus calles y avenidas, muchos de ellos artesanos y hippies que recorren Suramérica con el pretexto de vender sus creaciones. Como Diana, que con cuatro amigos más partió de Medellín hacia el sur.  

Una tela oscura sirve de base para las artesanías que lleva en su maleta, a la espera del comprador que se antoje de los aretes de cáscara de coco o las hebillas de lana que ella misma teje mientras sus amigos conversan con los transeúntes.  

Me cuenta que vienen de Bolivia y ya se dirigen de regreso a Colombia, que le encanta este país y espera conseguir el pasaje vendiendo su trabajo. Se ubican a un lado de las escalas que conducen al Puente de los Suspiros, otro emblemático lugar de este distrito, el mismo que sirvió de inspiración a la cantautora Chabuca Granda: 

 “Puentecito escondido entre follajes y entre añoranzas, puentecito tendido sobre la herida de una quebrada. Retoñan pensamientos tus maderos, se aferra el corazón a tus balaustres…”  

Si se camina a cualquier hora por allí, a cualquier hora se encontrará usted con personas que llegan a beberse una cerveza, escuchar una banda de rock en el bar La Noche, una antigua casona ubicada en una esquina de una concurrida calle, a meterse a un casino a jugarse unas cuantas monedas, o tomarse un Pisco Sour, la bebida más reconocida del Perú.  Todo eso hasta que el cuerpo aguante o la noche termine.

Yo por ahora, después de caminar y caminar, de recorrer las calles empedradas del Malecón de los Ingleses, de escuchar el sonido de las olas que chocan sin tregua en las rocas, de lograr algunas imágenes en mí cámara y bajar la chaqueta hasta ocultar mis manos para que el frío no penetre mis huesos, regreso a casa con la impresión de haber conocido un lugar acogedor, histórico y atractivo para cualquier forastero.  

Nota: Sus vecinos dicen que el nombre de Barranco se debe al despeñadero que hay antes de tocar el mar, al abismo que también sirve de mirador para los enamorados que por allí deambulan. 

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