Lugares comunes

Machu Picchu no está cerca de mi casa. No señores. No tengo el privilegio de abrir la puerta en las mañanas y encontrarme con ese monumento. Ya quisiera yo. Pero sé que esa gracia me costaría más de mil dólares por noche, lo que pagaría, sin mucho esfuerzo, cualquier estrella de Hollywood por ver salir el sol desde allí arriba.
Desde mi casa apenas alcanzo a ver el mar que se oculta tras la niebla, unas cuantas casonas de dos pisos con sus rejas de metal deformadas por la intemperie y un par de edificios con algo de polvo en sus fachadas.
Bueno, y también el inicio de una importante avenida con más de 40 cuadras, por donde cruzan todos los días esos buses de transporte público que muchos llaman “combis asesinas”.
Sí. Muchos ya sabrán que es Lima.
Lo digo porque muchos insisten y creen que si vienen al Perú, a un paso de donde los deja el avión o el bus, está el “gran parque”. Y no es así. Colombia no es Cartagena, San Andrés o Bogotá, y Medellín no es el Pueblito Paisa, el parque de Berrío o el edificio Coltejer. Así como Perú no es solo Machu Picchu, el lago Titicaca o las Líneas de Nazca.
Hay algo más de un millón de kilómetros cuadrados y unos diez mil años de historia que no se alcanzan a conocer en pocos días.
Un viajero cualquiera, con un presupuesto promedio, tendrá que hacer un viaje por tierra desde Lima de casi 24 horas para, si quiera, llegar al Cuzco. Luego tendrá que tomar un tren que lo llevará al pueblo de Aguas Calientes, que aún no es Machu Picchu –pero está muy cerca–, y ahí sí, caminar poco más de una hora o, por unos cuantos dólares, subirse a un bus.
Solo allí arriba podrá descansar mientras se desvanece viendo semejante atractivo.
Por eso es que pocas veces se tiene la posibilidad de conocer este lugar, aparte de que es muy costoso para los extranjeros y los precios aumentan cada año. El pasaje en tren puede costarte 120 dólares, la entrada al parque 40 y una gaseosa no menos de seis. Casi lo que un obrero se gana en 20 días de duro trabajo.
Pero es una maravilla del mundo moderno y eso se perdona, suele decirse.
Ojalá Machu Picchu estuviera cerca de la casa pero se que, de cierta manera, perdería su encanto para mí. Ya no sería igual. No tendría que organizar casi una excursión al estilo Indiana Jones, con mapas que señalan los recorridos y un cuaderno lleno de apuntes con nombres de pueblos, hostales y platos por probar.
Prefiero seguir viendo el mar que se oculta tras la niebla casi segura de la capital y aquella larga avenida por donde transitan todos los días las “combis asesinas”, a perder el encanto por ese lugar que heredamos de la civilización más importante del continente.

Mucha gente no se da cuenta de los tamaños en américa, piensan que el pueblo queda a 20 kms como en europa, pero aquí te metes 40 kms apenas para llegar a las afueras de la ciudad