Cuando no queda más remedio que esperar

 

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El viento del mediodía avanza por todo el valle del río Marañón y se convierte en un oasis en medio de la agreste vegetación. Es mediodía y me encuentro en el aeropuerto El Chagual, una pequeña pista encerrada por montañas desérticas de la Provincia de Pataz, en la región norteña de la Libertad.

Viajo de regreso a Lima luego de permanecer 28 días en el interior de una compañía minera, donde realizo un levantamiento de información para implementar un plan de comunicaciones. A las siete de la mañana llegué a la oficina, equipaje en mano para volver a mi destino, descansar 14 días y regresar a la mina, trabajar otros 28 días y volver de nuevo a comienzos de 2008. Y así hasta finalizar el mes de enero.

Para este viaje lo único que tengo claro es que hay que esperar, armarse de paciencia y dejar que el tiempo te vaya diciendo qué debes hacer, dónde debes esperar. No hay que desesperarse porque no se puede hacer nada más.

La base de la mina se ubica a unos 7 kilómetros del aeropuerto, pero antes de llegar a él hay que esperar una móvil que nos transporte. Eso se da después de las 9:30 a.m. Antes de las diez llegamos al improvisado aeropuerto, ubicado al margen izquierdo del caudaloso río Marañón. Una amplia casa construida en barro (quincha), piso de piedra y techo de teja; con un par de mesas y sillas de madera, se convierte en la sala de larga espera mientras llega el tercer vuelo que no me llevará directamente a Lima, sino a a la ciudad de Trujillo.

Apenas llegamos la persona encargada me indica a mí y a dos compañeros más, que saldríamos en el tercer vuelo. Se supone que el primero salía a las 9 a.m., pero no partió antes de las 11:20. Debe ir hasta Trujillo en 35 minutos y regresar, realizar un segundo vuelo y en el tercero embarcarnos a nosotros. Es decir a las tres de la tarde. Eso sin contar con que la avioneta tenga problemas técnicos y deba ser sometida a reparación, o el día soleado cambie su tono y termine cayendo un aguacero. Con esta última alternativa no habrá otra posibilidad que regresar al campamento y esperar uno de los vuelos del día siguiente.

Ahora faltan diez minutos para la una. La avioneta llega y se prepara para su segundo viaje. Suponemos que en una hora y media estará de regreso. Mientras tanto me dedico a leer revistas, revisar papeles y a escribir unas cuantas  líneas, todo con el pretexto de eliminar el tedio.

Si los vuelos salen normales, supongo que estaré llegando a Trujillo a las 3 p.m. De allí pasaré a las oficinas de la Compañía, recogeré mi pasaje para viajar a Lima y esperaré hasta las diez de la noche, cuando el ómnibus salga hacia la capital. Después de eso serán otras ocho largas horas de camino, mientras tanto no queda otra consigna que esperar.

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