De paso por el lago Titicaca

 

El bus interprovincial avanza entre la sierra peruana cubriendo la ruta Cusco – Puno. Cuando uno cree que lo ha visto todo y que el paisaje ya no le deparará más sorpresas, aparece lo inesperado: el lago navegable más alto del planeta.

 

Este mar de agua dulce y más cerca de las estrellas que Bogotá, la capital de Colombia, aparece entre las curvas de la vía y en medio del frío inclemente de la tarde dicembrina.

 

Siete horas atrás me encuentro en la ciudad de Cusco. Son las ocho y treinta de la mañana de un día de navidad. Leo el Diario de Cusco, el único periódico local donde las fiestas de fin de año le roban el protagonismo al tema que uno cree, aparece en cada impreso: la ciudad arqueológica de Machu Picchu, la misma que me había traído a este país y me quitó el sueño durante varios días.

En sus descoloridas páginas se destacan varias crónicas que hablan sobre las fiestas de navidad y año nuevo. “Celebre en paz y en familia, comparta un trozo de pan con los más pobres y siga las recomendaciones para la cena de navidad”, recomienda el impreso.

 

Entre bolsos andinos, de múltiples colores y cajas gigantes, logro acomodarme en el bus que me llevará hasta el lago. Para eso tendré que recorrer más de 300 kilómetros y soportar más de seis horas en un bus que desprende un fuerte olor a ajo y a otras legumbres. Además del intenso frío que congela cualquier iniciativa de los turistas. Mujeres serranas de talla voluminosa, largos sombreros y ataviadas de telas y ruanas, como desafiando el helado clima serrano, suben al vehículo dispuestas a partir hacia la lejana ciudad del sur peruano.

 

Más cerca del Titicaca

 

La carrilera de un viejo tren que aún cubre esta ruta, parece guiar nuestro paso hacia el que creo, será el último destino de una travesía que había emprendido por tierras peruanas diez días atrás desde Medellín (Colombia) con dos compañeros más. Mientras recorremos la meseta altiplánica que también es compartida con la vecina Bolivia, los picos llenos de nieve y un cielo completamente azul, los locales aseguran que falta poco para llegar a Puno.

 

El olor a pantano impregna el ambiente cuando apenas descendemos del auto en la terminal de transporte. A esta hora, las cuatro de la tarde, la temperatura no supera los diez grados en esta mediana ciudad que, al igual que Cusco, también se debate entre la tradición y la modernidad.

 

A 3.800 metros de altura sobre el nivel del mar y a 1.300 kilómetros al sur de Lima, se ubica la ciudad de Puno, denominada la “capital del folclor” debido a los más de 300 bailes indígenas que aún existen allí. Desde el lugar donde desembarcamos habrá que recorrer unas 20 cuadras más antes de llegar a las propias orillas del lago navegable más alto del planeta.

 

En las calles de Puno es más práctico hablar Quechua y Aimara que español. Estas lenguas tradicionales que alguna vez fueron los idiomas más usados en esta zona altiplánica, aún son utilizadas por muchos de sus habitantes, aunque deban entenderse con los extranjeros en un enredado español y en un regular inglés.

 

Un gigante azul

 

Por 40 soles haremos el recorrido por el lago, bueno, por una pequeña parte de él, pues sus dimensiones parecen desproporcionadas: unos 170 kilómetros de largo y unos 60 de ancho, un verdadero mar desde donde apenas se logran divisar algunas pequeñas montañas azules.

 

A las ocho de la mañana del día siguiente parte el pequeño barco de color blanco y bandas azules, que lleva en su interior a varios turistas japoneses, franceses, españoles, gringos y colombianos. El recorrido durará un día y, según Ángel, el guía que acompañará nuestro recorrido, conoceremos varias de las islas flotantes de los Uros, a orillas de Puno, y avanzaremos 35 kilómetros en su interior.

 

Con megáfono en mano, camisa a cuadros y pantalón beige, Ángel, de piel trigueña y quemado por el ardiente sol de las alturas, un hombre de descendencia quechua, se dirige al grupo en español y en pausado inglés. Habla despacio, como para que nadie se pierda de los encantos que describe con sus palabras: “Ustedes pueden ver, estamos en un lago grande, parece el mar. En todo el lago Titicaca tenemos unas 36 islas naturales, la más grande es la del Sol y está en Bolivia. La segunda es Amantán. Después aparece Taquile…”

 

El lago está dividido para dos naciones, aclara el mismo guía mientras el bote avanza por el infinito mar guardado entre las alturas. Un 60 por ciento es para Perú y el 40 por ciento restante es para Bolivia, continúa Ángel. Ahora nos dirigimos hacia las pequeñas islas de Uros. Titicaca, pienso, es  como un mar que ha llegado desde el cielo y que por el mismo designio divino se ha instalado en este altiplano que comparten estos dos países suramericanos.

 

Las matronas uros reciben a cientos de turistas que pasan por allí cada día en un recorrido sagrado para los guías. Todo lo hacen con totoro, una planta nativa que crece a orillas del lago. Las mismas islas son hechas con ese material y permanecen ancladas con largos troncos de madera para evitar su desplazamiento. Pequeñas artesanías y tejidos en las que plasman los íconos más importantes de su cultura, son vendidas a los viajeros por escasos diez soles.

 

El guía explica que la isla de Uros está conformada por unas 40 islas en las que viven unas 2.500 personas. No tienen energía eléctrica, pero en los años 90 el gobierno de Alberto Fujimori las dotó de paneles solares para aprovechar la energía del sol, el mismo que a esta hora pega sin piedad en la piel amarilla de tres japonesas y en sus compañeros de viaje.

 

Juego de palabras

 

“Titi en Aimara o Quechua significa puma gris, y caca puma o piedra”, comenta en tono burlón el guía. “En esta área los peruanos y bolivianos siempre jugamos con el nombre -sostiene-  los peruanos dicen titi para Perú y caca para Bolivia y los bolivianos hacen lo contrario. Es un juego con el nombre, pero la relación con Bolivia es pacífica, muy amigable”, sentencia.

 

La temperatura promedio del agua es de apenas ocho grados y uno se pregunta cómo hacen para vivir en este mar más de una docena de especies de peces en su interior. Su profundidad puede alcanzar los 300 metros y ha sido declarado reserva natural del Perú. Su origen es tectónico. Alberga diversas especies de aves, varias de mamíferos y de anfibios, entre ellas una especie endémica de ranas gigantes. En la mitología se asegura que de estas aguas emergieron los fundadores del imperio Inca, Manco Capac y Mama Occllo.

 

El barco repleto de turistas, más inquietos ahora que en la mañana, sigue rumbo a la isla de Taquile, donde convive pacíficamente una comunidad indígena con unas riquezas culturales que van a generar curiosidad entre el grupo. “En Taquile no vamos a visitar ruinas como en Cusco, solo vamos a ver hombres típicos con su ropa”, advierte Ángel, mientras desembarcamos en el pequeño malecón de la isla.

 

La embarcación rompe las olas que a esa hora aceleran la tranquilidad del lago, y varias gotas de agua golpean la ventanilla e ingresan al interior del barco, donde un grupo muy diverso de extranjeros conversamos sobre nuestros viajes y entonamos, animados por el furor del momento, varias canciones tradicionales.

 

Internados en el lago nos encontramos ahora con la isla que aún conserva vestigios de una época anterior al Imperio Inca. Con unos seis kilómetros cuadrados, el guía cuenta que durante la época de la colonia y hasta principios del siglo XX, este lugar fue utilizado como prisión, pero desde 1970 pasó a ser propiedad de los taquileños, hombres dedicados a la agricultura y al tejido, herederos de la tradición andina proveniente de los mismos países que comparten el lago.

 

Los hombres de tradición quechua saludan a los forasteros, mientras continúan con su actividad: algunos tejen abrigos con lana de alpaca, llama u oveja, mientras que otros celebran en el templo, en medio de hojas de coca y oraciones únicas, la llegada de la navidad.

 

La comunidad está formada por unas tres mil personas que se distribuyen en seis tuyos o barrios. Los taquileños son liderados por una autoridad denominada guarayo. Allí no hay jueces de paz ni policías. Cada domingo se reúnen en la plaza de mercado, donde hoy se encuentra un grupo de gringos que solo se interesa en beber cerveza. En el centro del pueblo la comunidad discute lo bueno y lo malo que ha pasado durante la semana.

 

Todas las mujeres visten amplias faldas de color negro. Las solteras son tímidas y casi siempre caminan con sus rostros cubiertos. Los hombres llevan consigo una pequeña mochila o chuspa repleta de hojas de coca que consumen constantemente para recuperar energías y continuar con su actividad cotidiana.

 

En Taquile es una tradición practicar el silvinacue, una especie de prueba entre las parejas. Esta costumbre aclara que una pareja, antes de casarse, debe convivir por aproximadamente dos años y ahí decide si contrae matrimonio o se separa. Precisamente los hombres casados portan un gorro (Chule) de color rojo, mientras que los solteros lo llevan mitad rojo y mitad blanco.

 

Lo mismo sucede con las mujeres. Las casadas portan un cinturón, del cual pende un penacho o bombón grande, mientras que en las solteras es un poco más delgado.

 

Justo ahí ya no creía que lo había visto todo y que el paisaje de un país con tantos complejos arqueológicos y sitios turísticos por conocer, me depararía muchas sorpresas, tantas como mis ánimos y mi bolsillo me lo permitieran.

 

  

Cómo llegar

 

Diariamente salen varios vuelos desde Lima a Juliaca, una pequeña ciudad ubicada a 44 kilómetros de Puno. Para llegar por tierra desde la capital hay que recorrer 1.324 kilómetros, un viaje que puede durar unas 18 horas. Desde Cusco se puede llegar por tren en un recorrido de 384 kilómetros que pude hacerse en diez horas, o por tierra, en siete horas. Desde La Paz puede llegarse por tierra en un recorrido de cinco horas.

 

En alojamientos, Puno cuenta con hoteles y hostales de todas las categorías, que puede conseguirse desde 15 soles. En la isla de Taquile existen casas de hospedaje. En Puno se pueden visitar varios sitios arqueológicos y puede practicarse turismo vivencial en las islas.

 

Las guías de viaje recomiendan llevar sombrero y usar protector solar. Además, aclimatarse previamente para no sufrir mal de altura o “soroche”.

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2 respuestas a De paso por el lago Titicaca

  1. gustavo dijo:

    Mañana partire hacia Buenos Aires.
    P, Cochabamba, La Paz, Oruro, unto de partida, Buenos Aires.
    Recorrido, La Quiaca, Villazon, Potosi, Titicaca, Machupichu, Lima, Chiclayo, Tumbes, Frontera, Machala,, Quito; Tulcan, Ipiales, Bogota, Santa Marta, Panama, Honduras, Nicaragua, Guatemala, Las Guyanas, Brasil, Uruguay, Buenos Aires.
    Jajaja, que periplo, cuanta gente, cuanta cultura, ………
    Gusy

  2. lisbeth dijo:

    juliaca es una ciudad linda

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