Colombiano por un día

Experimento periodístico

Cuando uno es colombiano en el primer mundo se suma una carga de sex appeal

 

Por Juan Pablo Meneses

Tomado de la revista Soho de Colombia

www.soho.com.co

 

Puede parecer un experimento periodístico, pero en realidad es una historia de viaje. Todo transcurre en el mejor hotel de Senegal: el Sofitel de Dakar. Hay una conferencia de prensa de uno de los magnates de la moda globalizada. Estamos en África, pero en un lujoso salón de un hotel cinco estrellas, a pasos de bandejas de camarones y ostras, con el Atlántico asomado a los ventanales como una postal panorámica. Hay una veintena de periodistas, la mayoría mujeres: editoras y redactoras estrella de las principales revistas de moda del mundo. La asistente de prensa del entrevistado, una rubia distante, nos da algunas recomendaciones. Hay vasos de agua, y fotógrafos que disparan sus flashes en la cara del heredero de una compañía con más de mil locales de ropa en todo el planeta. Todo lo que aquí se diga, mañana estará publicado en el mundo de la moda. Entonces, al partir la conferencia, la rubia asistente nos da una indicación: que digamos nuestro nombre y el país del medio que representamos.

Una chica de anteojos modernos —después supe que era editora junior de la Vogue hecha en París— partió diciendo su nombre y luego remató con el país: Francia. Pasaron diferentes editoras de Marie Claire y Vogue, que luego de su nombre decían o Italia, o Alemania, o Estados Unidos. Había varias japonesas, de diarios dedicados exclusivamente a la moda. Un noruego de anteojos oscuros. Una inglesa sacada de una vidriera de Prada. Entonces llegó mi turno. Estaba ahí por SoHo. Tomé el micrófono, y me escuché por los parlantes cuando dije:

 —Juan Pablo Meneses, Colombia.

Después de decir Colombia, hubo un pequeño silencio, y el resto de las caras comenzó a girar hacia mí. Tal vez fue un segundo, o dos, o seis, pero me pareció más tiempo. Como suele suceder en los viajes, ya me había tocado tener otras nacionalidades. Me han confundido con marroquí, o brasileño, o peruano. He pasado por andaluz, argentino, y hasta por chileno, mi verdadera nacionalidad. Sin embargo, esta era la primera vez que me presentaba como de Colombia, y la reacción había sido automática: todos se habían dado vuelta a mirarme.

 La conferencia de prensa duró lo esperado, las preguntas fueron las habituales, y las respuestas —incluido el breve discurso pro África— habían sido las típicas. Lo que no estaba en el programa, era que a partir del momento de presentarme, para el resto había pasado a ser un colombiano. Lo que no es cualquier cosa.

Cuando estás en un lugar así, y eres colombiano, te acostumbras a que siempre que giras la cabeza hay alguien mirándote: con más o menos disimulo. Tal vez por una cosa propia de los colombianos (aunque seamos los de un día) y que tiene que ver con cómo nos miramos, cuando uno es colombiano muchas veces te sientes más observado. Y a veces, crees que para mal. Al término de la conferencia hubo un coctel. Entre las bandejas y copas, se me acercó la francesa de Vogue y me preguntó por mi país. Luego, vino una alemana que quiso practicar su español:

—Tengo muchas ganas de conocer Colombia, —preguntó, y le dije un par de cosas que dejaron bien puesta mi nacionalidad falsa.

Comencé a sentirme sexy. Cuando uno es colombiano en el primer mundo —aunque sea dentro de un hotel africano— no solo se es exótico, sino que se suma una carga de sex appeal: esa mezcla de clichés for-export que juntan una guerra interna, fusiles, narcotráficos, caderas de Shakira, secuestros, todo mezclado en una juguera y servido en un coctel en el mejor hotel de Senegal, aparecía de una carga explosiva insospechada.

Al rato, hablaba como el más colombiano de todos. Mezclaba los ritmos de las anécdotas a la velocidad de la champeta: del “ustedes en Francia saben bien lo de Íngrid”, pasaba al “tienes que probar el café colombiano, es una maravilla”, de ahí saltaba al “si vas, no vas a parar de bailar. Te va a encantar la rumba”, acortaba por “¿leíste algo de García Márquez?”; bajaba con “obviamente no todos somos como Pablo Escobar, esas son cosas de las películas”; para terminar con la frase que todo colombiano verdadero dice. Y la dije: “Pero sabes, tenemos muchas más cosas buenas que todas esas que dicen las noticias. Esos son lugares comunes, pero si vas verás que todo es diferente. Somos gente buena, y tenemos selva, Caribe, Amazonía, los Andes, y mar en dos océanos”.

Había muchos temas de conversación. Cuando uno es colombiano en el extranjero puede hablar horas de horas, con un peligro latente: comenzar a escucharte como un orgulloso nacionalista. Entonces decidí frenarme, y escuchar. Escuchar, como un gentil colombiano, sus historias y opiniones de África, de la moda, de sus ciudades. Hasta el último momento traté de mantener en lo más alto la bandera del Pibe y Juan Valdez. Nunca les dije la verdad. Para ellas, seguiré siendo colombiano para siempre.

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