Perú, el palpitar de la madre tierra

Historia para viajar en el tiempo

Por José Alberto Mojica. eltiempo.com

Un cuy patasarriba, asado, aparece como plato principal en una versión peruanizada de la Última Cena. ¿Jesús y sus apóstoles se hubieran dejado tentar por tan exótico platillo?

El lienzo se impone en la Catedral de Cusco, considerada una de las más bellas de Latinoamérica. El roedor no es el único aporte del pintor peruano Marcos Zapata, a quien se le atribuye la autoría del cuadro por allá hace 400 años.

El capitán Francisco Pizarro, quien lideró la Conquista Española en ese país, fue recreado en el papel de Judas, con una mirada que asusta y una bolsita llena de monedas en la mano derecha.

Juan Sánchez, el guía turístico, explica que el pintor hizo una alusión a las riquezas que se llevaron en esa época.

Pero más que eso, la obra de arte -a la que no permiten tomarle fotos- es una evidencia del arraigo por las raíces que sobrevivieron a la Conquista, a la evangelización y a todos los tiempos.

En Perú sigue reinando el imperio inca con todos sus dioses, sus tradiciones milenarias y su respeto absoluto por la Madre Tierra. Y todo eso se convirtió en el principal atractivo para los cerca de dos millones de turistas que anualmente visitan ese país.

En las entrañas de la sierra

Para arribar a Cusco tuvimos que volar hasta Lima, desde Bogotá, y de allí abordamos un nuevo vuelo que nos condujo hacia esa ciudad.

Al aterrizar, el primer paisaje no es muy alentador. Se ven montañas áridas, y los primeros barrios son muy pobres. Pero apenas nos adentramos en el complejo turístico un colorido espectáculo se desplegó ante nuestros ojos.

El ‘soroche’ o mal de altura es inevitable. Cómo no, si la ciudad está ubicada a 3.400 metros sobre el nivel del mar. Pero un té de hoja de coca -que se le da al turista en estos casos- me ayudó a disminuir la maluquera. El frío hace tiritar, pero con un buen abrigo se hace llevadero.


La ciudad, de 255.000 habitantes, conserva su patrimonio histórico y arquitectónico, representado en calles empedradas e iglesias que datan del siglo XV, y en hoteles y restaurantes coloniales donde se puede degustar lo más selecto de la comida peruana, famosa en todo el mundo.


En ningún lugar había comido tan rico como en Perú. Recomiendo el ceviche peruano y el lomo saltado. Y el cuy, para los más arriesgados. Dicen que es sabroso. De acompañante, el pisco sour, un coctel elaborado a base del licor autóctono: el pisco.

Cae la noche. Entramos ahora a una discoteca especializada en salsa. Un grupo de turistas europeas trata de mover, inútilmente, sus enormes anatomías. “Hay que ponerle sabor”, les dice Natalia Romero, colombiana, y trata de enseñarles los pasos básicos. Pero los pies no les responden.

Rumbo al Valle Sagrado

La ciudad de Cusco es el punto de partida para descubrir el patrimonio arqueológico peruano. A solo dos kilómetros está el santuario de Sacsayhuamán, fortaleza donde los incas se defendían de las tribus enemigas, y que conserva sus muros y piedras gigantes.

La ruta sigue hacia el Valle Sagrado, que lleva hasta Ollantaytambo, un poblado donde venden artesanías a muy buenos precios, custodiado por las ruinas de una inmensa montaña de forma piramidal que también hizo las veces de fortaleza inca. En ese mismo lugar se toma el tren que conduce hacia una de las maravillas de la humanidad: Machu Picchu.

Las aguas cristalinas del río Urubamba, las montañas y la música andina que sale de los parlantes acompañan el camino, mientras aumenta la ansiedad por llegar al lugar.

Siento un palpitar en el corazón, como si la montaña me estuviera llamando.

En el tren, el personal de servicio representa danzas folclóricas, y luego improvisa un desfile de modas para vender prendas elaboradas en alpaca. Un suéter cuesta 260 soles (250.000 pesos). Un tanto caro.

Después de hora y media llegamos a la población de Aguas Calientes, donde abordamos un bus que en 20 minutos nos llevó a Machu Picchu.

El panorama es asombroso, y el palpitar no cesa. Miluska, una guía turística de 22 años de marcados rasgos indígenas y cuerpo menudo, dirige el recorrido. “Quítense los zapatos y acuéstense. Cierren los ojos. Sientan la vibración de la tierra”, dice la mujer.

Pasamos por los templos de adoración y sacrificio, por las habitaciones de las sacerdotisas que vivían allí, y nos enseñaron que solo los puros de corazón y los privilegiados podían habitar la que en quechua traduce ‘montaña vieja’.

Y ahí estoy yo, respirando aire puro frente a una vista esplendorosa y memorable, recorriendo los pasos caminados por los incas y observando pastar a las llamas.

“No las molestes porque te escupen”, advierte Miluska. Pasamos una noche en Aguas Calientes, en un sofisticado hotel empotrado en las montañas desde donde se divisa Machu Picchu.

Regresamos a Cusco y de allí volamos hacia Lima, donde el viaje empieza a agotarse.

No tenía muchas expectativas con esa ciudad, por todas las cosas desagradables que muestran en los talk show peruanos. Pero me descrestó.

Recorrí el sector de Miraflores y el centro histórico. El viaje no podía terminar mejor: fue por todo lo alto.
Me atreví a volar en parapente a través de un acantilado de 500 metros, con la brisa fría de un océano de aguas plateadas cubriendo mis mejillas. El susto fue pasando con semejante espectáculo.
En Perú no me sentí forastero. No en vano somos andinos, y la Madre Tierra es la misma para todos.

Si usted va

No necesita visa. Avianca y Taca ofrecen tiquetes Bogotá-Lima-Cusco (y su regreso), que cuestan 600 dólares en promedio.

Un plan de seis días y cinco noches en Lima, Cusco y Machu Picchu, con tiquetes, alojamiento, transportes internos y desayunos cuesta desde 1.300 dólares.

También puede viajar desde Lima a Cusco en bus. El trayecto dura 21 horas. Es un destino ideal para mochileros. Muchos llegan a Machu Picchu a pie por el Camino del Inca.

Hay hospedajes de 700 dólares la noche y de 10 ó 15 dólares en hostales. Más información en www.hoteltravel.com/es/peru/hotels.htm

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2 respuestas a Perú, el palpitar de la madre tierra

  1. Francisco Bautista Pérez dijo:

    Vaya que tenemos muchisimo de que hablar, amigo Rafael Alonso Mayo. Ya lo hicimos sobre Santa Marta, Nevia y el río Magdalena de Colombia y ahora lo haremos sobre Perú y la charla, en ambos casos, será interminable.
    Baste por ahora decir que ya estoy escribiendo un libro de viajes con el título: Por las Américas, p’arriba y p’abajo. Uno de los pasajes favoritos, habrá de contar sobre la excursión de Arequipa a Chivay y al santuario del cóndor, en la barranca del Colca, por la asombrosa suma de 19 (diecinueve) dólares americanos, incluida una noche de hotel y un almuerzo. Otro libro, dedicado solo al viaje a Perú en 2004, podría llamarse: Brilla la Cruz del Sur, reposa el cóndor. Y nada de avión, porque para conocer mejor Perú hay que tomar un autobús de Ormeño de Lima, a Arequipa, luego a Puno, Cusco y vuelta a Lima, con todos los peligros que implica ir durante cerca de 20 horas por las pamapas nevadas y los desfiladeros a mitad de la tormenta.
    Y de la comida que usted habla, al final uno no sabe cual fue la mejor, si la que disfruté sentado en la banqueta en la Plaza de San Blas, en Cuzco, preparada por las manos benditas de una mujer inca, o la que me sirvieron en La Carreta, en el barrio de San Isidro, a unos pasos de Miraflores. Continuaremos… y puede publicar mi correo

    • Un saludo don Francisco. Es usted un gran conocedor no solo de Colombia, sino también de este rico y diverso país llamado Perú. Pero más que conocedor un hombre que recuerda con detalle las memorias de viaje de todos estos lugares. Eso, creo en últimas, a veces es más valioso que el viaje mismo. Y la manera como lo narra, mejor aún. Qué bueno que puedieramos leer en este blog algunas de esas memorias.
      Un gran saludo desde la calurosa Lima.

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