Almuerzo de cuy para celebrar

Experiencia culinaria

cuy

Sucedió en una apartada provincia de la sierra norte del Perú. Yo me encontraba realizando trabajo de campo en algunas comunidades del distrito de Pataz, donde se asienta una empresa minera de mediana capacidad. Era un miércoles de diciembre y estábamos próximos a la celebración de la navidad. Había muchos regalos para los niños, además panetón y chocolate –como tradicionalmente suele celebrarse esa fecha en este país-, pero había que llevarlos al hombro caminando hasta uno de los poblados y subir una montaña de más de 400 metros de altura.  

La carne de cuy es una de las más apreciadas por las comunidades de la sierra peruana. 

Unas horas después estábamos en el patio de una de las casas del centro del poblado, celebrando con los niños y con las autoridades, tomando chocolate y comiendo panetón, mientras afuera caía una leve llovizna y los infantes destapaban sus regalos.

“Niños, ¿Cómo se dice? ¡Muchas gracias!, –cantaba uno de los profesores a un grupo de alumnos en un improvisado salón de clases– ¿Cómo?”. “Muchaaaasssss graciaaasss” gritaron los niños que se concentraban más en los juguetes que en agradecer a los forasteros.

Como si eso no fuera suficiente, uno de los líderes, en agradecimiento al gesto navideño y con ánimo de expresar su generosidad, nos llevó hasta su casa y nos invitó a sentarnos en el pequeño comedor de su sala.

“Espero que disfruten este almuercito”, sentenció el anfitrión con una leve sonrisa en su rostro.

Cinco minutos después apareció su esposa con un rebosante plato en cada mano y se dispuso a servirlos en la mesa. Yo fui uno de los primeros en tener cerca el gran manjar de la sierra, por lo que me tomó por sorpresa ver aquél plato que parecía tomar vida en las formas de su carne. ¡Mi cara fue de puro asombro!

Ahí estaba, ya lo conocía. Lo había probado antes y para qué pero me había gustado. Su carne, aunque poca, tiene un sabor suave y dicen que tiene muchas proteínas. Sabe como a pollo y puede conseguirse en cualquier mercado de barrio o en los grandes supermercados de la capital. Pero el cuy de este plato, la verdad, sí me sorprendió.

Estaba intacto, desde la cabeza hasta las patas, solo le faltaba el pelo y la frescura propia de la vida, pero parecía bien cocinado y emanaba un olor a condimento que lo hacía atractivo al paladar. Su aspecto era intimidante y sus colmillos y garras amenazantes. Parecía como si fuera a tomar vida y tal vez quisiera vengarse de todos aquellos que durante cientos de años han comido su carne en estas tierras.

Intenté sin muchas ganas coger su carne pero sus huesos me lo impedían. Tenedor va, tenedor viene pero era muy poco lo que lograba agarrar. A decir verdad ya hasta se me había quitado el apetito pero por puro respeto de invitado daba la batalla. Es costumbre en estas tierras saborear el plato hasta el final para no quedar como un mal invitado, pues un desprecio no es bien visto.  

Hasta que me di por vencido y dejé de batallar con este animal. Como pretexto dije que estaba un poco lleno pero que “había quedado riquísimo”. Que prefería llevármelo para “degustarlo” con más ansias en casa. Hasta que apareció en la mesa un buen comensal y en instantes lo devoró.

Desde ese día no he vuelto a probar cuy pero siempre que paso por el mercado y los veo vivos entre las rejas, recuerdo con gracia aquel almuerzo y pienso en tantos prejuicios que tenemos para aprobar otras costumbres distintas a las nuestras.

Como si todo el mundo comiera carne de vaca, de cerdo o de pollo y consumirlas fuera muy normal. Como si esos no fueran animales extraños como ese cuy de cuatro patas que traté de comer ese día de navidad.

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Una respuesta a Almuerzo de cuy para celebrar

  1. angie dijo:

    hay no pueden poner otra pagina in ves de esto es una tontera in ves de eso pongan sobre aventura te amo aventura.

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