Destino: Bogotá

Muy cerca de las estrellas

 

Bogotá. Travesías

Por Sinar Alvarado. Tomado de travesías.com

Ahora que el terror —magnicidios, balaceras, “carrobombas”— ha dejado de abrumar. Ahora que las calles de domingo se llenan de entusiastas; que en el pasto de los parques dormitan los cansados. Ahora, cuando los ciclistas pedalean por sus vías exclusivas, y el café caliente se bebe en tantas esquinas de mesitas y piernas cruzadas. Ahora que lo chic se ha vuelto tan común, es justo echarle un repaso a la metamorfosis de Bogotá y describir la espiral de los variados resortes que la han disparado (lugares para visitar, sitios qué conocer y mucho más).

La opinión pública tiende a identificar un momento como el arranque de esta transformación. En 1992, recién aprobada la constitución nacional vigente, el ex ministro y ex constituyente liberal Jaime Castro se lanza a la alcaldía de la ciudad: y arrasa. La gestión se concentra en el ordenamiento de las finanzas distritales.

Después de décadas de caos burocrático y políticas erráticas, este programa sienta las bases para las gestiones siguientes, que modernizarán, cada una a su manera, esta urbe maltratada, pero de un encanto empecinado que solía asomar por entre los pliegues del deterioro y el peligro: Bogotá.

CÍVICO

Entre 1995 y 1997, Antanas Mockus (hijo de inmigrantes lituanos), matemático y filósofo, antiguo rector de la Universidad Nacional (allí empezó su fama de excéntrico, cuando mostró las nalgas y silenció a un auditorio adverso de estudiantes que lo abucheaban), ocupa la alcaldía y dedica su periodo a impulsar, por la vía pedagógica, una cultura ciudadana dirigida, entre otros objetivos, a disminuir los accidentes de automóviles controlando el consumo de alcohol, y a adelantar la hora de cierre de los bares y discotecas. El instrumento legal se conoció como la “ley zanahoria”, que obligaba a los sitios nocturnos de la ciudad a cerrar sus puertas antes de la una de la mañana. Entonces algunos locales, como Andrés Carne de Res, ubicado en las afueras, captaron a la ola de danzantes que burlaron la norma saliendo de Bogotá.

Mockus solía disfrazarse de Supercívico, con calzoncillos visibles y capa, para salir a la calle a dar lecciones de convivencia a los transeúntes: “use el cruce peatonal, señora”; “caballero, por favor, abróchese el cinturón”. O desplegaba por la ciudad batallones de mimos que ridiculizaban a los infractores en cualquier esquina, haciendo del bochorno un método coercitivo.

Con estas campañas constantes, poco a poco, la cruzada de Mockus fue calando en las costumbres de los bogotanos.

MÓVIL

En 1997 un economista nacido en Washington, doctorado en administración pública, ganó las elecciones municipales y se convirtió en el nuevo alcalde. Enrique Peñalosa inició lo que sería, más allá del civismo y las maneras (que modelaron al nuevo ciudadano para la nueva ciudad), la evolución física de Bogotá.

Peñalosa empezó a construir Transmilenio: un sistema de autobuses basado en la exitosa experiencia de Curitiba, Brasil. El proyecto, no sin recibir críticas de los bogotanos inconformes, sacó de circulación los autobuses viejos y ha venido expandiendo sus rutas por toda la ciudad.

Durante aquella gestión también se tocó el complicado tema del tráfico, que sí ha menguado en muchas calles. Desde julio de
1998 rige en Bogotá el llamado “pico y placa” que prohíbe la circulación de autos particulares durante las horas pico dos días a la semana.

VERDE

Acá, junto a los temas de seguridad y movilidad, de lo que más se habla es de espacio público. A medida que el clima cambia y la ciudad deja de ser aquella nevera lluviosa de hace un siglo, los paseantes van apropiándose de las plazas, los corredores y los parques que, también, desde hace más de una década, están protegidos y administrados de manera activa por organismos oficiales.

Los parques, además, se han convertido en el escenario ideal de muchas actividades. El Parque Nacional, carrera 7a entre calles 36 y 39, es uno de los más antiguos de la ciudad (1934); cuenta con jardines, corredores, monumentos y fuentes. El Virrey, una especie de Central Park local, con edificios de residencias construidos a su alrededor, es un corredor muy visitado por deportistas y visitantes habituales que llevan a sus perros o se dedican a lanzar el Frisbee.

Pero el gran parque de la ciudad es el Simón Bolívar. Ubicado al occidente bogotano, ofrece 113 hectáreas de terreno, un gran lago, bosques, jardín botánico y una zona de conciertos que ha llegado a albergar hasta 250 mil espectadores. Es aquí donde se realizan festivales como “Rock al parque”, en octubre, que ha visto en escena a bandas como Café Tacuvba, Aterciopelados, Manu Chao, Spinetta, Desorden Público y Molotov, entre muchos otros.

ANTIGUA

La Candelaria es el barrio más viejo y tradicional de Bogotá, y la alcaldía adelanta un proceso que la convertirá en una zona sin carros. La decisión apunta a la conquista definitiva de lo que hasta hace menos de diez años permanecía bajo el dominio de los vendedores ambulantes, los mendigos y los ladrones.

Este barrio nació de cara a los cerros de Monserrate y Guadalupe. Abarca unas cuarenta manzanas entre las calles 7 y 14, y entre carreras 2a y 8a, en el centro histórico y administrativo. Allí se encuentra el Palacio de Nariño, sede del gobierno nacional, y el Capitolio, sede del parlamento. Hay, también, iglesias: la Catedral, la de San Ignacio, El Carmen, el Palacio Cardenalicio. Y varios museos: el de arte colonial, el arquidiocesano, y el Museo Botero, que cuenta con decenas de obras propias y de artistas diversos, donadas por Fernando Botero al Banco de la República.

En principio de típico estilo colonial español, la arquitectura de La Candelaria viró hacia lo francés durante los primeros años del siglo XX. Hoy esas mezclas conviven con algunos asaltos del modernismo. Las calles, todas de nombres particulares (La cajita de agua, El silencio, De las culebras), conservan placas que informan al recién llegado.

De entre las recuperaciones que se han emprendido en el centro, una de las más significativas fue la que acabó con el sector conocido como El Cartucho. Se trataba de unas pocas calles de mala muerte, con más de quinientas casas y unos doce mil habitantes. De ahí salieron historias exageradas, pero reales; fue un hueco lleno de adictos, controlado por traficantes y bandas, desde cuya violencia impune (ni la policía entraba) lanzaron, el 7 de agosto de 2000, un par de cohetes que impactaron el Palacio de Nariño. Esa tarde el presidente Álvaro Uribe tomaba posesión. Seguramente esa vergüenza nacional disparó los trabajos que demolieron la zona, reubicaron a las familias y convirtieron el terreno en un parque llamado Tercer Milenio: con fuentes, césped y columpios.

La otra gran conquista sucedió en el viejo mercado de San Victorino, ubicado en la calle 11 con carrera 10a. Desde hace más de dos siglos, éste ha sido el centro comercial de la ciudad vieja. Entre sus calles, caserones y puestos de vendedores, se movían los comerciantes con sus mercancías; y allá acudían los compradores de casi toda la ciudad. A fines de los noventa empezó un plan para ordenar la zona y, después de un enfrentamiento entre los comerciantes organizados y el distrito, finalmente se llegó a una fórmula de convivencia que agrupó al comercio en una zona renovada. Una amplia explanada peatonal que se abre para que los miles de caminantes se desplacen durante sus compras, o para que sigan su camino hacia las estaciones cercanas del Transmilenio.

Ésta, que por tradición ha sido una ciudad llena de universidades (la Atenas sudamericana, le decían), hoy cuenta con muchas de ellas —Externado, Los Andes, Central, La Salle, El Rosario— ancladas en pleno centro. Su casi medio millón de estudiantes ha hecho cuajar la rumba en La Candelaria. Desde locales de música electrónica, como Escobar y Rosas, hasta cafés bohemios como Casa de citas, pasando por bares de tango o de salsa como El viejo almacén y El goce pagano, respectivamente.

CULTA

En una de estas esquinas, calle 11 con carrera 4a, ocupando dos manzanas y 45 mil metros cuadrados, está la biblioteca Luis Ángel Arango, de las más visitadas de Hispanoamérica, con un millón de libros y seis sótanos atiborrados. Es la joya que lidera la Bibliored: un conjunto de bibliotecas públicas al servicio de cualquier interesado.

Algunas de estas bibliotecas valen la pena por su arquitectura, como la Virgilio Barco, diseñada por Rogelio Saltona, el arquitecto de mayor prestigio en Colombia. El mismo que diseñó las clásicas Torres del Parque, junto al planetario y la plaza de toros: dos proyectiles de ladrillos que dan la impresión de subir torneando hacia las nubes. Entre todos los valores de la nueva Bogotá, uno de los más poderosos es su sólido perfil cultural. Cada año, a fines de abril, un enorme centro de exposiciones llamado Corferias recibe una multitud de editoriales, escritores, títulos y actividades en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que es, junto a la de Guadalajara y la de Buenos Aires, de las más grandes del continente.

En el Transmilenio, por ejemplo, existe también desde hace unos años el programa “libro al viento”, que consiste en prestar a los viajeros del sistema pequeñas ediciones de diversos clásicos de la literatura universal.

Y DE BUEN PALADAR

Hasta hace unos años Bogotá tenía muy poco que ofrecer a quienes llegaban a ella buscando buena comida. Un ejemplo elemental: salvo por un par de restaurantes tradicionales, la pizza y la verdadera comida italiana llegaron a estos predios en épocas recientes. La escasez de extranjeros, en un país del que todos escapaban y al que nadie llegaba, fue un factor que influyó en esa especie de etnocentrismo que mantuvo a la gastronomía local en pañales.

Esto, desde hace unos cinco o seis años, ya cambió. En el barrio de Rosales, con edificios de residencias y lindos parques con quebradas que bajan de los Cerros Orientales, cuatro calles de casas viejas se han convertido en uno de los bastiones de la cocina sofisticada.
Ese punto, bautizado con el sugestivo nombre de Zona G (ojo: por gastronómica), ha visto a cuadrillas de obreros llegar con sus andamios y sus herramientas y, luego de unos pocos meses, ha visto erigir lindos restaurantes con mesas y terrazas que se iluminan con delicadeza durante las noches.

La zona, ubicada justo detrás del cuidadosamente restaurado hotel Casa Medina —una casa que perteneció a una poderosa familia local, con jardines internos y pisos de madera pulida— la pueblan algunos cafés franceses, como el de Michel, que vino de Francia hace más de treinta años, y fue uno de los galos que trajo el milagro de la pastelería francesa a estos predios. O sandwicherías como Lina’s, que ofrece un amplísimo menú internacional de sándwiches franceses y deliciosas ensaladas; o el Harry’s Restaurant, la apuesta más ambiciosa del chef Harry Sasson.

Estas aceras también cuentan con un restaurante como Gostinos, especializado en mariscos. Y se puede visitar Criterión —francés— o Circa, donde fusionan comida oriental y mediterránea.

Otro punto obligado para comer es la Zona Rosa, en la calle 82, al lado del Centro Andino, que es el mall chic de la ciudad. En el corazón de esta zona, en las dos calles conocidas como la T, se reúnen los paseantes para comer, beber y rumbear en bares aledaños.

De noche o de día, también el barrio de Usaquén es una opción casi obligada. Antiguo pueblo cercano a la capital, escenario de batallas durante la guerra de independencia, este lugar ha conservado impecable su zona colonial, su plaza y su iglesia, y ha visto crecer varios locales de comida, tiendas de antigüedades y bares, la mayoría sucursales de negocios establecidos con anterioridad en otras áreas. Ofrece un ambiente muy plácido, íntimo y cuenta con centros comerciales adyacentes, como Hacienda Santa Bárbara.

Éstas, que habían sido las zonas de siempre para los sibaritas, ahora ven surgir un nuevo polo gastronómico. En las
cercanías del Museo Nacional —una vieja y muy bella edificación, antigua cárcel—, sobre la carrera 7a con calle 28, se están propagando nuevos puntos para probar. Desde la reciente instalación del restaurante Leo Cocina y Cava, algunas nuevas iniciativas han estado llegando a ese perímetro. Además, unas tres cuadras más arriba, hacia los cerros, está el barrio de La Macarena, con sus cafés íntimos, su vida de comunidad relajada, sus
galerías y sus bares.

Precisamente por eso, muchos de estos locales se instalaron en La Macarena durante los últimos diez años. En esas pocas cuadras se codean algunas galerías como la Galería Mundo, ubicada en el primer piso de las Torres del Parque (carrera 5a, 26A-19) y la Valenzuela Klenner Galería (carrera 5a, 26-28; http://vkgaleria.com).

Entre los bares resalta Enobra, abierto recientemente, que ofrece música en vivo y tragos, además de cocina criolla. Entre los restaurantes figura El Patio, italiano, con terraza pequeña y acogedora sobre la carrera 4a, una de las calles principales del barrio.

Todas estas bondades cuestan dinero. Y el renacimiento de Bogotá no podría explicarse sin tomar en cuenta el lapso de bienestar económico que el país ha disfrutado desde que superó la crisis de 1997. El gobierno de Álvaro Uribe, que ha afincado sus pies sobre la seguridad y la economía (dejando más o menos de lado, según la oposición, agendas urgentes como la deuda social y los derechos humanos), tiene mucho que ver en el despertar bogotano. Nadie visitaría esta ciudad si el terror que la hizo célebre en una época aún dominara las calles. 

Las inversiones han llegado, algunas huyendo de escenarios menos amables, y han inyectado capital y dinamismo a la ciudad. Estas empresas también han nutrido con expatriados el catálogo de habitantes. De toda América Latina, sin ir más lejos, van llegando cada semana viajeros gratamente sorprendidos, muchos de los cuales fijan residencias y negocios en esta sabana fría pero prometedora.

Por eso, ahora que se puede y que el riesgo mayor ha pasado; ahora que Bogotá suena en tantos labios; ahora que los votantes se han puesto exigentes y sólo se conforman con nuevas dosis de desarrollo y buen vivir, es justo, decíamos, tiempo de sentarse a pensar y así, quizá, podamos entender en qué momento y de qué manera este antiguo infierno empezó a mutar en una forma de paraíso vivibleπ

 

PARA COMER

ANDRÉS CARNE DE RES
Calle 3, 11ª-56
T. 57 (1) 863 7880
www.andrescarnederes.com
Viernes, sábados y domingos
de 12 a 3 horas.
De su cocina salen carnes al carbón, arepas y los mejores platillos tradicionales colombianos.

CLUB COLOMBIA
Avenida 82, 9-11
T. 57 (1) 249 5681
Lunes a viernes de 12 a 3 horas, sábados de 8 a 3 horas y domingos de 8 a media noche.
Con dos terrazas, salones con chimenea y un pub, se ofrecen platillos de la gastronomía colombiana así como bocados de todas las regiones del país. No deje de probar los ceviches y las cazuelas de pescado y mariscos.

ACCENTO
Calle 93B, 11ª-84, piso 1, loc. 103
T. 57 (1) 635 5334
www.accentolibros.com
Todos los días de 12 a 0 horas.
En este restaurante, librería, café y lounge podrá comer deliciosos sándwiches gourmet así como ensaladas, pastas y risottos.

QUÉ HACER

MUSEO NACIONAL
Carrera 7ª, entre calles 28 y 29
www.museonacional.gov.co
Martes a sábados de 10 a 18 horas; domingos cierra
a las 17 horas.
Entrada: 1.5 dólares.
Una antigua prisión restaurada y acondicionada, que muestra desde arte moderno hasta las espadas y algunos objetos que pertenecieron a Bolívar y Santander.

MUSEO DEL ORO
Calle 16, entre carreras 5 y 6
www.banrep.gov.co/museo
Martes a sábados de 9 a 18 horas; domingos y festivos
de 10 a 16 horas.
La espléndida colección de este sitio atrapa. Y despierta el asombro y la admiración por las culturas precolombinas, y nos muestra una distancia muy corta entre sus preferencias estéticas y las nuestras.

MÁS QUE UNA BIBLIOTECA

La biblioteca Luis Ángel Arango es mucho más que un mero lugar para leer. En la sala de conciertos terminará, este 3 de noviembre, la Semana de la guitarra, con músicos como el checo Pavel Steidl y los mellizos húngaros Meter y Zoltan Katona, además del colombiano Ricardo Cobo. En la sala de foto, hasta el 19 de noviembre se mostrará obra del estadounidense Andrés Serrano, el venezolano Alexander Apóstol y el colombiano Óscar Muñoz. Pero quizás el espacio más codiciado sea el del tercer piso, donde el curador José Roca se encarga de proponer extraordinarias muestras de arte contemporáneo internacional. 

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4 respuestas a Destino: Bogotá

  1. ariadna dijo:

    hola que tal! permítame felicitarlo por su excelente blog, me encantaría tenerlo en mi directorio y tambien tengo un blog relacionado a viajes .Estoy segura que su blog sería de mucho interés para mis visitantes !.Si puede sírvase a contactarme ariadna.ld@hotmail.com

    saludos
    Ariadna

  2. Maria Teresa Cortes dijo:

    Estoy gratamente sorprendida del cambio de mi ciudad. Hace 20 años no la visito, ya se me antoja.Rememorare sus bellezas. En la pagina de utilissima hacen gala de los buenos restaurantes y lugares que visitar. Saludos

  3. andamios dijo:

    me llamó la atención la parte en la que dicen que la Zona G ha visto llegar a muchos obreros con sus andamios; hoy podemos disfrutarla en la capital colombiana

  4. Tania dijo:

    Hace un par de semanas tuve la oportunidad de visitar Bogotá, soy panameña y quedé encantada!!! a pesar que mucha gente critica el sistema de transporte a mi me encantó (pues comparándolo con lo que tenemos acá…) me pareció una ciudad llena de cultura y donde siempre hay algo que hacer, un poco cara pero vale la pena apenas estuve 10 días y quedé con ganas de regresar…se ve que el ciudadano está educado y tiene conciencia acerca de cuidar su ciudad eso me alegra mucho y me hace desear que algún mi Panamá pueda llegar a ese punto, saludos!! y felicidades a los colombianos!!

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